Risotadas/Laughing Out Loud.

Aquel lunes, como todos, iba deprisa repasando mentalmente todas y cada una de las miles de cosas pendientes que tenía por realizar: Citas, supermercado, recoger niños, comer en la escuela porque había partido de fútbol. No me había levantado a hacer ejercicio a las 5:45 A.M. como lo había planeado la noche anterior, y me excusé mentalmente con el pretexto perfecto, lo de siempre: “Mi hija de seis años se volvió a pasar a dormir a mi cama en la madrugada y yo tuve que brincar a la suya, así que no descansé bien. Mañana empiezo con el ejercicio”. Y me quedé un poco más tranquila, recordando las sabias palabras de mi amiga de antaño, Raquel, “respeta tus planes y tus metas, o vas a terminar faltándote al respeto a ti misma”. Me pregunto qué tan al pie de la letra seguirá ella su propio consejo.

Subí a mi camioneta y el tráfico era el de esperarse, “llegaré tarde, como siempre”, pensé mientras volteaba a ver la cara del señor que conducía el auto a mi lado, quien me miraba furioso, sin saber por qué razón lo hacía. “Uno más de los que están peleados con toda la humanidad y con la vida”, me dije para mis adentros.

A pesar de los ruidos de la calle, traté de concentrarme en mis mantras y meditaciones diarias cuando una escena me hizo recordar algo maravilloso, gracioso, de mi infancia. Estábamos todos esperando a que el semáforo cambiara a color verde para avanzar; el señor con cara de odio se encontraba a mi derecha dando acelerones amenazadores indicándome que se iría a atravesar delante de mi auto en cuanto se pusiera la señal de siga, pero aquel recuerdo me hizo desconectarme de la realidad y empecé a soltar pequeñas risotadas entrecortadas, para luego darme cuerda a mí misma y comenzar a reír a carcajadas sonoras, como toda mi vida he acostumbrado hacerlo, El señor odioso me observaba aún más enfadado, yo alcanzaba a verlo de reojo y eso me daba aún más risa.


Las personas que me escuchaban a mi izquierda abrían los ojos asombrados y recordé que ya me habían tachado por esto de vulgar, gritona, mal educada y hasta imitaban mi risa melodiosa, pero yo no podía parar de reír. El semáforo cambió y todos me rebasaron mientras yo agarraba mi estómago, que ya me dolía.


Los claxons parecían un concierto disparejo, pero me quedé ahí carcajeándome del momento, de la vida, de los recuerdos del pasado, del presente y del futuro sin importarme algo en absoluto, como deberíamos hacerlo los seres humanos…de vez en cuando.



English version:


That Monday, like every other, I was quickly going over each and every pending issue that needed to be done: appointments, supermarket, picking up my children and having lunch in their school because they have a soccer match.

I had not gotten up at 5:45 AM, as planned the night before, and I excused myself mentally with the perfect excuse (as always): “My six-year old daughter came to sleep to my bed-again- and I had to jump over to hers, so I didn’t rest well enough. I’ll start tomorrow”. And I felt more at ease after I remembered the wise words my long-time friend Rachel told me once: “Respect your plans and goals, otherwise you will end up disrespecting yourself”. I wonder if she follows her own advice to the letter.

I got in my van and the traffic was as expected. “I’ll be late, as always” I thought, as I turned around to see the face of the man on the car beside me, who looked at me furiously without knowing why. “One more of those people against humanity and life” I thought to myself.


Despite the street noise, I tried to concentrate on my daily mantras and meditations, when a situation reminded me of something wonderful and funny from my youth. We were all waiting for the traffic light to turn green; the man with hatred on his face was on my right, giving quick, menacing accelerations, telling me he would cross to my lane when the light switched to green, but that memory made me disconnect myself from reality and I started laughing out loud, as I usually do. The hateful man looked at me with more anger; I could see him out of the corner of my eye and his reaction made me laugh even louder.


The people on my left listened to me and opened their amazed eyes, I remembered that long ago they had branded me as vulgar, loud and impolite; they even mimicked my loud laughter. But I couldn’t stop laughing. The traffic light switched to green and every car passed me as I held my stomach, which already hurt.


The vehicle horns sounded like an out-of-tune concert, but I stayed there laughing at the moment, at life, at past memories, at the present and future, without having any care, as we humans should do…from time to time.


Elena Arreguín Osuna


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