Estupro. Parte 5 / Statutory Rape. Part 5

Estupro no estaba con los demás choferes porque iba y venía por más y más compras a todas las tiendas de México. Además, se le había encargado estar en la puerta de entrada, junto con Federico, indicando y acompañando a los visitantes a sus lugares con la lista en la mano.

Serían ciento cincuenta personas las que asistirían en esa noche de gala a la cena. En punto de las ocho de la noche, empezaron a hacer desfile los lujosísimos autos recién encerados que llegaban a la mansión. Había una gran actividad por todas partes. La señora Maricela, portando un brillante vestido largo y exquisitamente arreglada, esperaba de pie muy sonriente en la sala de fiestas para darle la bienvenida a cada uno de los invitados. Perfumes y fragancias de todo tipo invadían el ambiente, colores por doquier, la elegancia en su más elevada expresión, joyas preciosas brillaban en las manos, cuellos y orejas de los invitados. Todo estaba en su lugar y perfectamente bien planeado. Solamente faltaba el anfitrión principal para que comenzara la fiesta.

Finalmente, en punto de las ocho de la noche con treinta minutos el señor Arias, portando un elegantísimo esmoquin y acompañado de su padre, bajó las escaleras que daban al lujoso salón de fiestas. Toda la concurrencia se puso de pie saludando a ambos, la orquesta empezó a tocar los violines, los meseros a servir bebidas y charolas de bocadillos, Estupro y Federico corrían de un lado a otro con su uniforme dando la bienvenida a la gente y… ¡empezó la fiesta!

Toda la gente mostraba sus mejores modales y buen gusto con tal de sobresalir de entre los demás y adquirir, secretamente, algún mejor puesto en el trabajo con alguno de los políticos o poderosos que se encontraban por todas partes. Los artistas mostraban su mejor sonrisa a los directores y productores de películas y telenovelas con tal de obtener un buen papel en la próxima producción al precio que fuera. Los empresarios hablaban de negocios ambiciosos y, tal vez, de asociarse en un futuro con alguna otra compañía. Las damas de sociedad le hacían descaradamente la barba a la señora Arias diciéndole piropos y preguntándole por su pequeño Gustavo Adolfo, comentaban los últimos chismes de la revista HOLA y peleaban por demostrar su elegancia hablando de las marcas más caras de ropa en Nueva York, París y Milán. La hipocresía era inhalada y exhalada en cada rincón del salón de fiestas. Todo parecía estar a la perfección. Solamente el señor Gustavo parecía inquieto, se le veía nervioso y serio. Constantemente observaba su reloj y volteaba a ver a su padre, que asentía con la cabeza, tranquilo. El único que lo había notado era Estupro, quien había estado observándolo desde las escaleras de arriba del salón mientras se le encomendaba otra tarea. Quería aprender los modales y comportamiento de su patrón, su ejemplo a seguir.

La noche transcurría y no parecía suceder nada que explicara el comportamiento del Señor Gustavo Arias. Estupro seguía observándolo desde un rincón con una cuba en la mano a punto de caérsele del sueño. De pronto, uno de los guardaespaldas que había estado inmóvil recargado detrás de las cortinas del salón salió de su escondite y le hizo una señal a Don Guillermo. Éste, inmediatamente, se dirigió a su hijo y le dio una palmada en la espalda. Ambos salieron discretamente sin ser vistos por la puerta del jardín. Estupro se dio cuenta perfectamente bien de todo y decidió investigar lo que sucedía. Bajó las escaleras lo más rápido que pudo, temiendo que su patrón estuviera en peligro, y sigilosamente decidió seguirlos sin ser visto por los guardaespaldas. Fue interceptado por uno de ellos en la entrada, pero Estupro dijo que se sentía mal y que iba a su recámara a dormir. El guardaespaldas lo siguió hasta que se encerró en su cuarto, pero Estupro se escapó por la ventana y alcanzó a ver que entraban en la casa de enfrente, la del señor Lozano. Se acercó escondiéndose entre los coches hasta llegar a la puerta trasera que estaba abierta. Los policías y choferes de la casa del Señor Lozano platicaban con los de la familia Arias en la acera de en frente y se reían brindando con sus cervezas en la mano.

Estupro entró a la casa de puntitas por la cocina. Todo estaba completamente apagado. Subió al primer piso y observó en el reloj del péndulo de la sala que eran las once de la noche con veinte minutos y todo seguía en silencio. Sin hacer ningún ruido siguió subiendo las escaleras hasta el segundo piso, donde se encontraban las recámaras. Ahí también estaba todo obscuro excepto por una de las recámaras, la del final del pasillo, el estudio del Señor Sergio. El conocía la casa, pues alguna que otra vez había entrado cuando era un niño desobediente. Estupro, arrastrándose por la alfombra y aprovechando la ubicación que le era familiar, siguió acercándose hacia la débil luz del cuarto del fondo del pasillo. Pronto alcanzó a escuchar la voz del Señor Lic. Guillermo Arias que gritaba una que otra exclamación, pero nadie respondía. Parecía que estaba solo. Estupro no comprendía absolutamente nada. Con pánico de ser descubierto se acercó lo más que pudo hasta oír un silencio total. La puerta estaba entreabierta y la única luz que alumbraba un poco era la de una lamparita de mesa. Se asomó por la abertura y alcanzó a distinguir a los dos gigantones guardaespaldas deteniendo al Señor Sergio Lozano por los brazos y tapándole la boca. Estaban recargados en un librero gigantesco y, frente a ellos, se encontraban el Señor Gustavo y su padre, observado con un odio aterrador al Señor Lozano. Estupro sintió un tremendo escalofrío como presintiendo algo que definitivamente no quería presenciar y tuvo que aguantar la respiración para que no lo escucharan, pues el corazón parecía salírsele por la boca. El Señor Guillermo y su hijo se dijeron algo en secreto y fue entonces cuando su patrón, el Señor Gustavo, se acercó al Señor Lozano, le pegó unos fuertes golpes en la cara y, colocándose unos guantes de plástico, procedió a agarrarlo bruscamente del cuello para estrangularlo. Estupro sintió que se desmayaba y contuvo un grito de horror. Con los ojos enormemente abiertos observaba, entre la pálida luz y la puerta, la escena más violenta que jamás había imaginado. El semblante de su querido patrón, de su ídolo, estaba transformado en el de alguien totalmente desconocido, parecía poseído por un demonio. El Señor Guillermo observaba fríamente el asesinato de pie con los brazos cruzados. El Señor Lozano se retorcía como culebra y trataba desesperadamente de zafarse de los brazos de los gigantones, pero sus esfuerzos eran en vano. Los gigantones le apretaban la boca para impedirle, además de gritar, respirar. En cuestión de segundos, la cara de Don Sergio se volvió roja y morada, los ojos parecían salírsele de las órbitas mientras Gustavo, fuera de sí, apretaba con todas sus fuerzas el cuello de la víctima. Don Sergio cayó al piso con los ojos en blanco y la lengua de fuera. El Señor Guillermo se acercó al cadáver, como si éste aún escuchara, y le dijo con un tono burlón al oído: “Vete con cuidado. No te dejes deslumbrar”. En ese instante, Estupro recordó la frase tantas veces dicha por Don Lupe, el jardinero de esa casa y, en cuestión de segundos, comprendió a lo que se refería aquel anciano. Corrió lo más rápido que pudo, sin importarle el ruido de pisoteadas que hacía por el pasillo, hacia las escaleras. Se abrió la puerta del estudio del Señor Lozano y se encendieron las luces de todo el piso. Lo único que alcanzó a escuchar Estupro fue una exclamación de sorpresa al ser descubierto por la espalda.


English version:


Estupro was not with the other drivers because he came and went for more and more purchases to all the stores in Mexico.In addition, he had been commissioned to be at the entrance door, along with Federico, indicating and accompanying visitors to their places with the list in hand.

There would be a hundred and fifty people who would attend dinner on that gala night. At about eight o'clock in the evening, the luxurious, newly waxed cars that arrived at the mansion began to parade. There was a great activity everywhere. Ms. Maricela, wearing a long shiny dress and exquisitely arranged, waited smiling, standing in the party room to welcome each of the guests. Perfumes and fragrances of all kinds invaded the atmosphere, colors everywhere, elegance in its highest expression, precious jewels shone in the hands, necks and ears of the guests. Everything was in place and perfectly well planned. Only the main host was missing for the party to begin.

Finally, at exactly eight thirty o'clock, Mr. Arias, wearing a very elegant tuxedo and accompanied by his father, descended the stairs that led to the luxurious ballroom. The entire crowd stood up greeting both, the orchestra began to play the violins, the waiters served drinks and trays of sandwiches, Estupro and Federico ran from one place to another with their uniforms welcoming people and ...the party started!

All the people showed their best manners and good taste in order to stand out from the rest and secretly acquire some better position at work with one of the politicians or powerful people who were everywhere. The artists showed their best smile to the directors and producers of films and soap operas in order to get a good role in the next production at any price. Entrepreneurs spoke of ambitious businesses and, perhaps, of partnering in the future with some other company. The society ladies shamelessly smooth-talked Mrs. Arias by giving her compliments and asking her about little Gustavo Adolfo, they commented on the latest gossip from HOLA magazine and fought to demonstrate their elegance by talking about the most expensive clothing brands in New York, Paris, and Milan. Hypocrisy was inhaled and exhaled in every corner of the party room. Everything seemed to be perfect. Only Mr. Gustavo seemed restless, he looked nervous and serious. He constantly looked at his watch and turned to see his father, who was nodding his head calmly. The only one who had noticed was Estupro, who had been watching him from the stairs above the hall as he was given another task. He wanted to learn the manners and behavior of his boss, his example to follow.

The night passed and nothing seemed to happen to explain the behavior of Mr. Gustavo Arias. Estupro was still watching him from a corner with a vat in his hand about to fall out of sleep. Suddenly, one of the bodyguards who had been leaning motionless behind the curtains of the living room came out of his hiding place and made a sign to Don Guillermo. He immediately went to his son and patted him on the back. They both discreetly left without being seen through the garden gate. Estupro realized everything perfectly well and decided to investigate what was happening. He made his way down the stairs as fast as he could, fearing his employer was in danger, and quietly decided to follow them without being seen by the bodyguards. He was intercepted by one of them at the entrance, but Estupro said that he felt bad and that he was going to his bedroom to sleep. The bodyguard followed him until he locked himself in his room, but Estupro escaped through the window and managed to see that they were entering the house across the street, Mr. Lozano's. He approached hiding between the cars until he reached the back door that was open. The policemen and drivers from Señor Lozano's house chatted with those of the Arias family on the sidewalk in front and laughed, toasting with their beers in hand.

Estupro tiptoed into the house through the kitchen. Everything was completely off. He went up to the first floor and observed in the pendulum clock in the living room that it was eleven o'clock at night, twenty minutes and everything was still silent. Without making a sound he continued up the stairs to the second floor, where the bedrooms were located. Everything was dark there too, except for one of the bedrooms, the one at the end of the hall, Mr. Sergio's study. He knew the house, because from time to time he had entered when he was a disobedient child. Estupro, crawling across the carpet and taking advantage of the familiar location, continued toward the dim light of the room at the end of the hall. He soon managed to hear the voice of Mr. Guillermo Arias who shouted one or another exclamation, but no one responded. He seemed like he was alone. Estupro understood absolutely nothing. In panic of being discovered he got as close as he could until he heard total silence. The door was open and the only light that shone a little was from a table lamp. He leaned out through the opening and managed to see the two gigantic bodyguards holding Mr. Sergio Lozano by the arms and covering his mouth. They were leaning against a gigantic bookcase and, in front of them, were Mr. Gustavo and his father, watching Mr. Lozano with a terrifying hatred. Estupro felt a tremendous chill as if sensing that they were doing something that he definitely did not want to witness and he had to hold his breath so that they would not hear it, because his heart seemed to be leaking from his mouth. Mr. Guillermo and his son said something to each other in secret and it was then that his employer, Mr. Gustavo, approached Mr. Lozano, hit him hard in the face and, putting on plastic gloves, proceeded to grab him roughly by the neck to strangle him. Estupro almost fainted and held back a scream of horror. With wide eyes he watched, between the pale light and the door, the most violent scene he had ever imagined. His beloved patron, his idol, was transformed into that of someone totally unknown, he seemed possessed by a demon. Mr. Guillermo coldly watched the murder, standing with his arms folded. Mr. Lozano writhed like a snake and tried desperately to escape from the arms of the giants, but his efforts were in vain. The giants pressed his mouth to prevent him, besides screaming, from breathing. In a matter of seconds, Don Sergio's face turned red and purple, his eyes seemed to pop out of their sockets while Gustavo, beside himself, was squeezing the victim's neck with all his might. Don Sergio fell to the floor with his eyes rolled and his tongue sticking out. Mr. Guillermo approached the corpse, as if it was still listening, and said with a mocking tone in his ear: “Be careful. Don't let yourself be dazzled ”. In that instant, Estupro remembered the phrase said so many times by Don Lupe, the gardener of that house and, in a matter of seconds, he understood what that old man was referring to. He ran as fast as he could, not caring about the stomping noise he made down the hall, toward the stairs. The door to Señor Lozano's study was opened and lights came on throughout the apartment. The only thing Estupro managed to hear was an exclamation of surprise when he was discovered from behind.




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